Marcos Di Palma: “Yo quería ser gobernador. Y voy a serlo. Voy a asumir el 10 de diciembre de 2023”

La ciudad de Arrecifes recibió a Marcos Di Palma la madrugada tempestuosa del 10 de diciembre de 1972; lo esperaban su madre, Cayetana, su padre, Luis, y sus hermanos José, Andrea y Patricio. “Nací a las cuatro de la mañana, con una tormenta que rajaba la tierra; pero bueno, estaba dispuesto a venir a molestar a este mundo”, refirió entre muecas picarescas.

La familia, los autos, los aviones, los motores, la mecánica, las herramientas, las pistas, la velocidad, la adrenalina, los riesgos; en definitiva, toda la parafernalia del mundo de los fierros conformó la maravilla que vistió desde la infancia. Al pequeño “fierrero” no le atraía en absoluto el ámbito escolar. En cambio, sus ganas se concentraban cada vez más en un lugar que despertaba su fascinación: el taller de su padre, el mítico automovilista Luis Rubén Di Palma. “En la escuela faltaban motores, ruidos, ruedas, que era lo que yo había vivido desde bebé y era lo que yo quería: ser corredor de autos”, recordó.

El trabajo del padre condujo a toda la familia al barrio porteño de Flores. Allí permanecieron de 1979 a 1985. Marcos no olvidó el tedio que le provocaba Buenos Aires, pero sonríe porque rememora cómo se divertía sobre ruedas, sin motores pero con pedales, en aquella niñez: “Un día desaparecí de mi casa seis horas. Me fui en bicicleta por Juan B. Justo y llegué hasta la General Paz, después me volví por Gaona en contramano por la vereda. Ahora me doy cuenta de que era una locura para los siete años que tenía”.

Marcos regresó con su familia a su ciudad natal y cursó el séptimo grado bajo la supervisión de “Lela”, su entrañable abuela materna, maestra de escuela rural y directora. Se deshace en ternura al recordarla y destaca que ella, a pesar del rigor, le tuvo mucha paciencia y lo ayudó con mucho amor. Es muy claro: la extraña, y recuerda alegremente que atesora un reportaje que le hizo poco tiempo antes de que muriera. Ella le ha dejado un recuerdo imborrable; su “arroz con leche” y “budín de pan con manzana”, también.

Los estudios secundarios quedaron truncos y el primer año fue también el último, porque él ya había decidido que sería el taller de su padre el lugar para aprender lo que la tradición familiar Di Palma tenía para legarle.

De manera repentina, se pone serio para arrojar con sinceridad una reflexión que ha elaborado con el paso de los años: “A los hijos no hay que dejarlos hacer lo que quieran, hay que educarlos. Yo estoy muy arrepentido de no haber estudiado. Me perdí una gran oportunidad de ser doctor, pero no pierdo las esperanzas”. Con sus palabras evidencia que la vida y la paternidad lo pusieron en las antípodas de aquel chico que sólo quería correr autos. Hoy es un padre de familia activo con una clara consigna para sus cuatro hijos: hay que estudiar.

Emilio, Luis, Camila y Tomás conforman el prodigio del que hoy se nutre. Son el espejo que lo invita a mirar sobre sus pasos para resignificar su historia; el motor que lo impulsa a continuar ese viaje familiar que ha elegido recorrer los últimos 14 años de su vida en compañía de Paula, su esposa.

Un diputado con ganas de pilotear la Provincia

Con relación a su actividad política, señaló que milita hace muchos años y destacó especialmente que durante 2014 y 2015 lo hizo en el espacio de Daniel Scioli. También aclaró que no era su intención ser diputado provincial, y remarcó que aceptó igualmente la propuesta porque es un “militante orgánico”.

Pero las ganas se abren paso en sus palabras y se filtran para mostrar reluciente un proyecto personal: “Yo quería ser gobernador. Y voy a serlo. Voy a asumir el 10 de diciembre de 2023”. Lejos de detenerse, profundizó su idea y contó que ya tiene en mente algunos nombres que ocuparían ministerios en su gabinete si se convirtiera en gobernador de los bonaerenses.

Cuando podría pensarse que el diputado de Arrecifes ha compartido ya todas sus inclinaciones ideológicas, sorprendió y sin rodeos confesó: “Mi única persona referente es el Papa Francisco, no dudo de lo que dice. Él no puede tener ambición de poder”.

Repetidas veces en la entrevista Marcos deslizó comentarios alusivos a su muerte, y habla de ella con una naturalidad que resulta peculiar. Quizá la lectura estadística que hace de los decesos en su familia lo lleve a tener el tema muy presente: “Me mata el promedio de los Di Palma. Entre mi abuelo, mi tío y mi viejo me da 49 años; espero elevarlo”.

En realidad, ocurre que Marcos es un hombre de fe que no se apabulla frente a la muerte: “No tengo la menor duda de que es lo mejor que nos puede pasar. Mi mamá me enseñó que cuando hacés el bien, te morís y vas al cielo; en el cielo está Dios, te recibe San Pedro y vivís la vida eterna. Creo que la muerte es llegar a Dios. Estoy esperando ver a mis abuelos y a mi viejo; y si hoy tuviera delante a Dios, le diría que me deje ver a mis nietos y después me lleve…”. La garganta de Marcos se anudó y sus ojos -sin querer- cedieron lugar a unas pocas lágrimas escurridizas que desaparecieron al instante detrás de las manos del propio diputado.

Con la misma autenticidad que repasó su biografía, Marcos se permitió fantasear con su partida del mundo terrenal y devela cuán importante es para él su familia; la que hoy disfruta cotidianamente y la que ansía disfrutar en años venideros, ya como abuelo.

Fuente: HCD

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